La Sala de
lo Social del Tribunal Supremo dictó el pasado 24 de abril un Auto en el que
deja vía libre para que el enchufismo, las recomendaciones y las influencias de
todo tipo, sean medios válidos y legítimos para el acceso a los puestos de
trabajo de las empresas públicas estatales, autonómicas y municipales. El
fundamento de derecho segundo de dicho Auto abre el camino para que estas
empresas, sufragadas con el dinero público de todos los ciudadanos y
ciudadanas, contraten a sus trabajadores al margen y sin consideración alguna a
los principios constitucionales de igualdad, mérito y capacidad, cuando afirma:
“Tanto el
art. 23.2 como el 103.3 de la Constitución se refieren al acceso a la función
pública, inaplicables aquí pues se trata de trabajadores que mantienen una
relación laboral común con una entidad empresarial con forma societaria. La
Constitución sólo contempla el derecho de los ciudadanos a acceder en
condiciones de igualdad con respecto a las funciones y cargos públicos. Sólo el
acceso a las funciones públicas debe regirse igualmente por los principios
constitucionales en cuestión. En definitiva, a las sociedades mercantiles
públicas -sector público empresarial- independientemente de que su ámbito sea
estatal, autonómico o municipal, no le son aplicables los artículos 23.2 y
103.3 de la Constitución , ni tampoco el EBEP, por lo que ninguna razón existe
para que el fraude en la contratación implique la declaración de la existencia
de una relación laboral indefinida no fija, en lugar de indefinida.
El Auto del Supremo da por buena la sentencia de la
Sala de lo Social del Tribunal Superior de Justicia de Asturias (TSJA) dictada el 26 de
septiembre del año pasado,quedeclara trabajadoras fijas de plantilla de
la empresa pública Sociedad de Servicios del Principado de Asturias SA (SERPA),
a dos empleadas contratadas mediante contratos temporales por obra o servicio
que se fueron prolongando de forma fraudulenta durante varios años, al entender
que la figura del “indefinido no fijo”sólo es de aplicación a
los empleados públicos de la Administración, pero no a los de sus empresas.
Los hechos descritos en la sentencia del TSJA revelan, con toda crudeza,
unas prácticas de contratación fraudulenta del personal muy extendidas en los
llamados “chiringuitos” del Principado de Asturias – empresas y fundaciones
públicas controladas por el Gobierno del Principado -, que han sido
denunciadas en numerosas ocasiones desde el Conceyu por Otra Función Pública
n´Asturies y constatadas de forma reiterada por la Sindicatura de Cuentas en su
informes de auditoría del sector público.Esas prácticas son las que
ahora avala el Tribunal Supremo para acceder a la condición de
trabajador fijo de una empresa pública.
Se trata de una resolución judicial de una enorme gravedad, pues santifica
la actuación de los partidos políticos como agencias de colocación en los
“chiringuitos”, que son un foco incuestionable de corrupción; y despoja a los
ciudadanos y ciudadanas – entre ellos, a miles de jóvenes en paro -del
derecho fundamentala participar en procesos selectivos públicos, objetivos
y transparentes para acceder a esos puestos del sector público.
Además, la sentencia omite toda referencia ala disposición
adicional primera del Estatuto Básico del Empleado Público,en la que se dispone que los principios de publicidad,
igualdad, mérito y capacidad son de aplicación obligatoria a todas las
entidades del sector público - estatal, autonómico y local -, y se aparta de lo
que el propio Tribunal Supremo, en sentencia de 20
de octubre de 2015, había
afirmado: que "la impregnación pública que es propia de una sociedad
mercantil estatal comporta que en la selección de los trabajadores hallan de
tenerse en cuenta aquellos principios - igualdad, mérito y capacidad-".
Una resolución judicial con unas consecuencias sociales y políticas de
tanta gravedad, con una incidencia tan devastadora para la higiene
democrática, exige una movilización social enérgica en defensa de la igualdad
de oportunidades en el acceso a los puestos de trabajo del sector público.
Ahora más que nunca, se precisan iniciativas legislativas urgentes que frenen
el clientelismo laboral en el sector público.
¡Contra la corrupción y el clientelismo político, igualdad, mérito y
capacidad en el acceso al empleo del sector público!
Doctor en Ciencia y Tecnología de los Alimentos, consultor independiente para empresas alimentarias y divulgador de
ciencia a través del blog Gominolas de petróleo y de otros medios de
comunicación.
No
existe un juego limpio en el mercado de la alimentación como para poder
elegir, totalmente por nosotros mismos, qué es lo que queremos comer.
Esas decisiones las toma alguien por nosotros sin que nos demos cuenta
Tiempo de lectura: 9 min
Elegir qué alimentos queremos comer es muy difícil. (iStock)
En los últimos años, algunos países como Estados Unidos, Portugal o Reino Unido han tomado la decisión de gravar con impuestos la venta de bebidas azucaradas
con el fin de desincentivar su consumo y contribuir así a mejorar la
salud pública. En España se planteó esa posibilidad hace unos meses,
aunque finalmente fue desestimada y solo fue aplicada por Cataluña.
Estos acontecimientos avivaron un debate, cada vez más frecuente, entre
quienes defienden el papel del Estado como protector de la salud
pública y quienes califican este tipo de medidas de paternalistas y
contrarias a la libertad individual. Pero ¿en qué situación nos
encontramos actualmente? ¿Hasta qué punto somos libres para elegir cómo nos alimentamos?
Si hablamos de medidas legales, las restricciones van encaminadas sobre todo a evitar adulteraciones, fraudes o riesgos para la salud de la población por la posible presencia de contaminantes (bacterias,
compuestos tóxicos, etc.). Por lo demás, apenas existen normas que
limiten el consumo o la venta de alimentos, salvo contadas excepciones,
como es el caso de las bebidas alcohólicas (consumo en eventos
deportivos o al volante, venta a menores, etc.). Es decir, en general, podemos comer lo que queramos, cuando queramos y cuanto queramos.
Sin embargo, esto no significa que nuestras elecciones a la hora de
alimentarnos sean libres, ya que para ello deben existir unas
condiciones que a día de hoy no se dan.
"¿Cómo vamos a elegir un insulso calabacín a la plancha cuando podemos comer algo con sabor intenso y además crujiente?"
En
primer lugar, para poder hacer una elección verdaderamente libre, es
necesario contar con conocimientos, es decir, saber qué opciones
existen, cuáles son las más adecuadas y qué repercusiones pueden tener
nuestras decisiones. Lamentablemente, los conocimientos de la mayor parte de la población en materia de alimentación no solo son insuficientes, sino que además son erróneos.
Suele pensarse por ejemplo que es imprescindible desayunar leche,
cereales y fruta, cuando en realidad no existe evidencia científica que
respalde tal cosa. Este tipo de consejos infundados, que a menudo son
impulsados por determinados sectores de la industria alimentaria, nos
llevan a elegir alimentos que se adapten a ese esquema cerrado, obviando
el resto de opciones. Así, nos sentimos libres porque podemos elegir
entre cincuenta tipos de galletas, pensando incluso que son saludables,
sin caer en la cuenta de que podríamos optar por un millón de alimentos mejores para nuestra salud,
como por ejemplo un puñado de nueces.
Es decir, nos comportamos del
mismo modo que un pájaro que permanece en el interior de su jaula a
pesar de tener la puerta abierta.
Nuestra escasez de conocimientos y de criterio también nos impide hacer una elección libre
a la hora de hacer la compra. A menudo nos encontramos etiquetados que
no comprendemos o que no sabemos interpretar y envases o promociones que
incluso nos engañan deliberadamente y que dirigen
nuestras elecciones. Por ejemplo, si nos disponemos a comprar leche y
encontramos un envase en el que se muestran las palabras “tus mañanas
serán más ligeras con leche sin lactosa”, pensaremos que esa es la mejor
opción, incluso aunque no padezcamos intolerancia
alguna a este azúcar y su consumo no nos aporte ningún beneficio extra.
Este tipo de estrategias publicitarias es muy frecuente y se basa en
hacernos pensar que tenemos necesidades especiales o que una dieta
normal tiene carencias, de manera que necesitamos consumir determinados
productos para mantener un buen estado de salud. Así, compramos por
ejemplo bebidas lácteas enriquecidas en omega 3 por miedo a sufrir
déficit de esta sustancia, sin saber que una rodaja de salmón cubre sobradamente nuestras necesidades de ese nutriente.
El
caso es aún más dramático cuando se trata de la publicidad de alimentos
para bebés. Nos han metido en la cabeza que no existen alternativas a
las papillas de cereales y que alimentar a menores de 3 años es complicado y requiere productos específicos, cuando en realidad no es así. Es más, muchos de esos productos no solo son innecesarios, sino que además son insanos y les predisponen para llevar una dieta poco saludable
(yogures azucarados, galletas, etc.). Pero ahí no queda la cosa. En
cuanto esos bebés crecen un poco, son bombardeados con infinidad de
mensajes publicitarios, y eso a pesar de tratarse de un colectivo que no
tiene poder adquisitivo. Lo que ocurre es que la población infantil
carece casi por completo de conocimientos y de criterio, así que las
estrategias publicitarias van encaminadas a convencerles para que deseen un determinado producto,
de modo que posteriormente sean ellos quienes insistan a los adultos
que se encargan de su cuidado. Por eso, en los alimentos pensados para
el público infantil, se incluyen dibujos de sus personajes favoritos o
juguetes. Aunque no solo eso. También se utilizan otras prácticas, como
colocar estos productos dentro del supermercado en los estantes que
están muy cerca del suelo, precisamente a la altura de sus ojos. Así,
¿qué libertad de elección queda ante dos niños berreando y pataleando en
el suelo de un establecimiento porque quieren que les compren las galletas de sus dibujos favoritos?
Foto: iStock
Y si eso no funciona, aún queda otra baza: “Es que todos mis compañeros de clase las comen”. Hablamos de la presión social,
que es otro de los factores que condicionan nuestras elecciones.
También las de los adultos, por supuesto. Por ejemplo, si acudimos a una
comida de trabajo y a la hora del postre todo el mundo pide tarta,
seguramente nos costará desmarcarnos y pedir una manzana,
no vaya a ser que nos tachen de raritos. Aunque, por otra parte, quizá
nos estemos precipitando al presuponer que en ese restaurante ofrecen
fruta. Y es que hay muchos entornos en los que las opciones saludables
se cuentan con los dedos de una mano; por ejemplo: centros comerciales,
estaciones de tren, aeropuertos o incluso tiendas de comestibles y
restaurantes. En general, la disponibilidad de alimentos saludables es
muy reducida, de igual modo que lo es su promoción. Lo que abunda son
los productos insanos, cuya presencia y publicidad es absolutamente omnipresente y eso influye de forma muy significativa en las elecciones que hacemos a la hora de alimentarnos.
Por si fuera poco, es frecuente que el precio de esos productos insanos sea mucho más bajo
que el de los alimentos saludables, así que a veces decantarnos por
estos últimos no es fácil, especialmente si nuestro poder adquisitivo no
es muy alto. Imaginemos que paseamos por el centro de una ciudad y
queremos comer algo. A menudo la única opción es acudir a uno de los
muchos establecimientos de comida rápida que abundan en ese entorno y
que ofrecen menús por apenas tres euros. ¿Cómo vamos a elegir otra
alternativa más saludable cuando no se encuentra a nuestro alcance
físico ni económico?
"Si hablamos de la población general, el porcentaje de sobrepeso y obesidad se eleva hasta el 53%"
A todo esto hay que sumar además que los productos insanos suelen tener unas características organolépticas (aspecto, olor, sabor, textura) que gustan mucho. Precisamente se conciben y elaboran con ese fin, así que ¿cómo
vamos a elegir un insulso calabacín a la plancha cuando podemos comer
algo con intenso sabor dulce, un punto de salado, un poco de grasa y
además crujiente? A nuestro cerebro le encantan estas cosas y
nos recompensa por ello, ordenando la liberación de sustancias que nos
hacen sentir bien. Además, cuando esto lo experimentamos de forma
habitual nuestro organismo se acostumbra (por ejemplo, nos cuesta más
percibir y disfrutar los sabores poco intensos) y nos resulta muy
difícil volver a apreciar el placer de comer ese calabacín a la plancha.
Otro factor que determina nuestra elección de alimentos es la falta de tiempo y de habilidades culinarias.
Para alimentarse de forma saludable, es recomendable cocinar en casa.
Pero esto es complicado y lleva mucho tiempo. O al menos eso es lo que
nos dicen muchas de las empresas que venden alimentos ultraprocesados
listos para consumir. En realidad, preparar alimentos es más sencillo de
lo que a veces nos hacen creer. Basta con invertir un poco de interés y
de tiempo para adquirir destreza en la cocina y para
planificar y preparar las comidas. No son necesarias tantas horas como a
veces se piensa y además hay algunas opciones que pueden facilitarnos
la tarea, como las ensaladas de bolsa, los vegetales ultracongelados o
las legumbres en conserva.
Recapitulando, nos
encontramos en una situación en la que la mayor parte de la sociedad
carece de conocimientos y de criterio en materia de alimentación y los productos insanos son omnipresentes, muy baratos y están muy ricos.
Todos estos factores (y alguno más, como por ejemplo los conflictos de
interés de algunas sociedades sanitarias o la desinformación de algunos
medios de comunicación) definen lo que se conoce como ambiente
obesogénico, es decir, un entorno que propicia el sobrepeso y la obesidad.
Comida basura, rápida y deliciosa. (iStock)
Para hacernos una idea, basta decir que, en España, en torno al 40% de la población infantil de entre 7 y 8 años
tiene sobrepeso u obesidad, lo que significa que es probable que
padezcan obesidad en la edad adulta y que sufran ciertas patologías,
incluso a edades tempranas, tales como enfermedades cardiovasculares y
diabetes. Si hablamos de la población general, el porcentaje de sobrepeso y obesidad se eleva hasta el 53%.
Esto es algo verdaderamente preocupante porque cada año cuesta la vida a
miles de personas en toda Europa. No en vano, en este continente, 9 de
cada 10 muertes causadas por enfermedades no transmisibles se deben a
enfermedades cardiovasculares, diabetes, enfermedades respiratorias y
diferentes tipos de cáncer, cuyos principales causantes son el
sedentarismo, el consumo de alcohol y tabaco y el seguimiento de una
dieta insana.
La situación no es de extrañar. Muchas de
las decisiones que nos han llevado a ella están condicionadas por las
enérgicas acciones de buena parte de la industria alimentaria, cuyo fin
último no es la salud, lógicamente, sino la obtención de beneficios económicos.
Así
pues, para conseguir que las elecciones de la ciudadanía en materia de
alimentación sean verdaderamente libres, se hace necesario mejorar la educación y
aumentar la concienciación de toda la sociedad, incentivar el consumo
de alimentos saludables (con medidas impositivas, campañas promocionales
y fomento de la disponibilidad) y desincentivar el de productos
insanos, tomando medidas como la prohibición de publicidad de alimentos
destinada al público infantil o la aplicación de impuestos a las bebidas
azucaradas, una propuesta que, a pesar de polémica, resulta efectiva para reducir el consumo y mejorar la salud pública.
Rara
vez miramos las etiquetas donde se explican sus riesgos, pero su uso
incorrecto puede provocar irritaciones, problemas por inhalaciones o
ingestas involuntarias.
Eche un vistazo en su armario de los
productos de limpieza: lejía, amoniaco, limpiacristales, quitagrasas,
para el horno, para la vitrocerámica, para el parqué... Todo un arsenal y
una auténtica bomba de relojería. Cada vez miramos más las etiquetas de
los alimentos, pero rara vez nos preocupamos por leer la de
éstos productos, donde se especifica si son tóxicos, irritantes,
inflamables o corrosivos y sus recomendaciones de uso, como que
no deben estar en contacto con las manos o ser inhalados. Y al no
hacerlo, los riesgos de emplearlos de forma inadecuada son múltiples:
dermatitis, alergias, irritaciones en piel y ojos, problemas
respiratorios, dolores de cabeza, náuseas, trastornos en la visión e
incluso accidentes al manipular productos inflamables o ingestas
involuntarias, principalmente en los más pequeños.
Un riesgo para la salud
Muchos de los tóxicos que contienen estos artículos acaban pasando al organismo a través de su inhalación. Según
un estudio del Instituto Cooperativo de Investigación en Ciencias
Ambientales de Estados Unidos publicado en febrero por la revista
'Science', los productos químicos como los que se utilizan en la
limpieza del hogar contaminan el aire al mismo nivel que los vehículos.
Otro análisis de la Universidad de Bergen (Noruega) de este año demostró
que pueden ser tan dañinos para los pulmones como fumar 20 cigarrillos
al día.
Para Juan Gregorio Rodrigo, responsable del Área de Actividades Preventivas de la Mutua MAZ, su impacto se reduciría si ventiláramos bien la habitación mientras se limpia. Según
el experto, no sólo no leemos las etiquetas para conocer las
instrucciones de uso y las advertencias de peligro mediante fichas
toxicológicas sino que en ocasiones hacemos mezclas peligrosas.
"Utilizamos lejía para limpiar el baño, pero cuando tenemos suciedad que
se resiste, en ocasiones pasamos a atacar con algo más fuerte como el
salfumán (agua fuerte). Lo que muchos no saben es que esta sustancia
mezclada con lejía o amoníaco provoca una reacción química que suelta
gases tóxicos que pueden provocar desmayos e incluso paradas
cardiorrespiratorias", explica Rodrigo.
Otro de los riesgos es la intoxicación, uno de los accidentes domésticos más comunes, principalmente en los niños.
Si hay pequeños en casa, es necesario guardarlos en un lugar seguro. Y
ese sitio no es debajo del fregadero, un lugar habitual para estos
llamativos botes de colores, ya que ahí están a su alcance. También es
recomendable almacenarlos en un lugar diferente al de los alimentos y
mantenerlos en sus envases originales, así como no quitarles las
etiquetas. Y si se cambian de recipiente, etiquetarlos siempre y no
utilizar una botella que pertenezca a algún producto alimentario para
evitar equivocaciones. Esto es lo que ocurrió en un bar de Benicarló
(Castellón) en 2015, cuando a un hombre se le sirvió por error una copa
de detergente en vez de una de vino blanco, provocando su fallecimiento
como consecuencia de las quemaduras internas que sufrió.
Los ácidos que contienen también pueden provocar daños en la piel de
las manos si no las protegemos con guantes de goma (a los que se les
pueden añadir unos de algodón debajo si se tiene la piel muy sensible).
"Los productos de limpieza son una de las causas más frecuentes de
eccema irritativo de manos en amas de casa y profesionales de la
limpieza", ya que estos productos destruyen la capa de grasa de la piel
que actúa como protección, provocando enrojecimiento, descamación y
escozor, explica Paloma Cornejo, miembro de la Academia Española de
Dermatología y Venereología y directora de la clínica homónima, que
aconseja utilizar instrumentos con mango mejor que paños, en la medida
de lo posible. También hay que tener especial cuidado con las salpicaduras en los ojos y en el caso de contacto accidental, lavárnoslos con abundante agua.
En
ocasiones como ésta, menos es más. "Sería lógico pensar que cuanto más
detergente usemos más limpia quedará la ropa, pero se trata de lo
contrario. El exceso hace que las prendas salgan más sucias",
afirma la Asociación de Empresas de Confección y Moda de Madrid Asecom.
Lo mismo sucede con los demás productos, ya que se tiene la sensación
de que cuanta más espuma salga más limpio quedará, pero se trata de un
error común. Para evitar un derroche innecesario de producto, los
expertos recomiendan seguir siempre las indicaciones del fabricante.
Otro error común es pensar que un producto que es más caro
(en ocasiones incluso el doble ) es de mejor calidad. "Esto no siempre
es así. Hay productos de marca blanca que son mejores que el equivalente
de marca de fabricante. Éstos tienen un precio mayor porque gastan
dinero en publicidad, pagan por su ubicación en el supermercado (altura,
carteles destacados...), o buscan un mayor margen de beneficio", afirma
Rubén Sánchez, portavoz de Facua.
Los más nocivos
La
OCU elaboró una lista de los cinco artículos más agresivos que se deben
evitar ya que pueden sustituirse por otros menos fuertes:
1.- Los limpiadores para el váter suelen contener ácidos potentes.
2.- Los
limpiahornos tienen sosa cáustica y son corrosivos para eliminar los
restos. "Limpiar el horno después de usarlo y antes de que se enfríe
evita la suciedad incrustada que obliga a recurrir a limpiadores más
agresivos".
3.- Lo mismo sucede con los desatascadores químicos.
«Puedes comenzar por recurrir a alguno de los sistemas mecánicos (la
tradicional ventosa, el aire comprimido o el alambre desatascador)".
4.- Los
desinfectantes y antibacterias "crean un ambiente de asepsia poco
realista y contribuyen a la creación de resistencias bacterianas". Para
la OCU, bastaría con detergente, suficiente para arrastrar los
microorganismos.
5.- Por último, los ambientadores, que "contienen
disolventes que son potencialmente nocivos para la salud, pues pueden
provocar o empeorar el asma, las migrañas... sobre todo en sujetos
sensibles".
"Productos de limpieza hay mil, pero vamos
comprando y acumulando y la mayoría no los utilizamos ni sabemos para
qué sirven, lo que aumenta el riesgo. Con cinco productos muy básicos sería suficiente",
explica Rodrigo. Motivado por la publicidad, tenemos la creencia de que
oler a químicos (como la lejía) es oler a limpio. Pero existen
alternativas naturales más económicas que podemos utilizar con el mismo
fin, como el jabón de siempre, el vinagre (que es desengrasante y bactericida), el agua oxigenada (efecto blanqueador), el limón (quitamanchas) o el bicarbonato (quitamanchas y bactericida).
Si no nos convence, siempre podemos optar por comprar detergentes ecológicos. BioBel,
de Jabones Beltrán, es la primera marca española de jabones y
detergentes con certificado ecológico. "Nuestros productos están
elaborados con ingredientes de origen vegetal y aceites esenciales para
perfumarlos", explica Mara Beltrán, Directora Comercial de la marca.
Muchos de sus clientes acudieron a ellos por problemas en la piel. "Con
una sola vez que utilizaban productos sin químicos ya notaban el cambio.
El problema de los detergentes de lavadora es que siempre quedan
residuos en la ropa y al estar en contacto directo con la piel provoca
dermatitis a quienes tienen la piel sensible, principalmente por los
suavizantes, que son los productos contaminantes por excelencia". Pero
los químicos no sólo comprometen nuestra salud, sino también la del medio ambiente. La
mayoría de los tóxicos que contienen se descomponen gracias al
tratamiento de aguas en las depuradoras, pero algunos no se eliminan por
completo. "Cuanto más vegetales sean los ingredientes, más rápido se
biodegradan", explica Beltrán.
En definitiva, es más ecológico y
saludable limpiar frecuentemente con productos suaves para evitar los
más agresivos. De esta forma no sólo reduciremos la contaminación sino
que evitaremos dañar las superficies de la casa. Y manchar lo menos
posible, porque no es más limpio quien más limpia sino quien menos
ensucia.
Firmas de compromisos no siempre tan claros,
conflictos sobre el cobro de comisiones, y desconocimiento de algunas
prácticas, son solo tres de los problemas más frecuentes que los clientes de
las agencias inmobiliarias trasladan a la Organización de Consumidores y
Usuarios (OCU), según su portavoz, Ileana Izverniceanu. Pese a que
la venta de casas de obra nueva empiece ahora a hacerse también por
internet, sin visita previa, la práctica totalidad de las
compraventas y de los alquileres todavía requieren por lo menos un encuentro
entre las dos partes, es decir, vendedor y comprador o arrendador y
arrendatario.
Muchos son todavía los que, por falta de tiempo, deciden dejar en manos de uno o más agentes
la tarea de buscarlas y acercarlas, para que realicen el trato. Los
problemas surgen cuando el cliente no tiene claro hasta qué punto llega la
responsabilidad de la agencia inmobiliaria, o cuando esta introduce algunas
cláusulas que no son evidentes para el usuario común. Entonces, ¿a qué
obligaciones debe responder una agencia ante los usuarios?
Promoción y comprobaciones
Aunque desde el portal inmobiliario Fotocasa subrayan
que, “en cuanto a lo que profesionalmente se entiende que un asesor debe ofrecer,
nada de ello está regulado por ley específicamente, más allá de lo establecido
por la Ley para la defensa de los consumidores y usuarios”, para Ignaci Vives,
abogado del bufete Sanahuja Miranda, está claro que “el agente actúa como
intermediario entre el que quiere comprar o arrendar una casa y el
propietario”. Por ello, “una de sus principales obligaciones será la
promocionar el piso lo máximo posible, para localizar un comprador o un
arrendatario que esté dispuesto a abonar el precio que solicita el cliente”,
añade el letrado.
Otra será la de “verificar la titularidad de las
partes y asegurarse de que el bien que se está comercializando cumple con todas
las garantías, así como averiguar y conocer la situación jurídica y registral
del inmueble”, una información que deberá ser comunicada por escrito a los
contrayentes, según el subdirector general de la inmobiliaria Donpiso, Emiliano
Bermúdez. Y, agrega, “en el caso de un alquiler, el agente asegurará al cliente
que la otra parte reúne las condiciones para que se cumpla el contrato”.
En
España se ha asistido al desmantelamiento del sistema de protección de los
consumidores. Casos como el empleo masivo de cláusulas suelo, que afectaron a
centenares de miles de hipotecados, se han permitido sin la actuación eficaz de los poderes públicos que debían intervenir. Sobre las cláusulas suelo
tuvo que ser el Tribunal de Justicia de la Unión Europea quien enmendase la
plana al Tribunal Supremo español para que rectificase su bochornosa doctrina, que
permitió limitar temporalmente la
devolución de lo cobrado ilícitamente por el empleo de una cláusula que el
propio tribunal reconocía nula.
La
Agencia Española de Consumo, Seguridad Alimentaria y Nutrición, mamotreto
administrativo en el que se integraron los extintos servicios del Instituto
Nacional de Consumo ha sido casi un zombi cuyo papel en la defensa eficaz de
los consumidores ha sido inexistente, careciendo de competencias sancionadoras, limitándose a publicar en su web las estadísticas sobre actuaciones inspectoras y sancionadoras llevadas a cabo por las Comunidades
Autónomas.
Es
lamentable que en España no se posea un órgano de defensa de los consumidores con
competencias en todo el territorio y que actúe de forma eficaz frente a
conductas infractoras que notoriamente sobrepasan el ámbito de actuación de las
Comunidades Autónomas, ni tampoco una Fiscalía especializada en la materia ¿Qué
visión del control eficaz del mercado se puede dar si se dejan en manos de las
Comunidades Autónomas, fraudes cometidos a través de publicidad engañosa emitida en todo el territorio, cláusulas desleales o abusivas empleadas por
grandes corporaciones financieras o conductas infractoras en el ámbito de
consumo llevadas a cabo por compañías eléctricas o de telecomunicaciones?
La
Defensa del Consumidor se ha dejado como la hermana pobre de toda acción
pública. La visión corta de los gestores en este ámbito es poco ejemplificadora
y, además, errónea tanto desde un punto
de vista económico como político.
Desde
un punto de vista económico el menosprecio del consumidor llevado a cabo por la
falta de voluntad política de instrumentalizar mecanismos eficaces de control
del mercado conlleva a que se rompan las reglas de juego de la economía de
libre mercado a favor de los pillos; esto es, las empresas incumplidoras se ven
favorecidas en relación a las empresas que cumplan cabalmente la legislación.
Con ello, se crea una enorme desconfianza que afecta a la globalidad de las
empresas, del mercado y, en consecuencia, de la economía. Si de verdad se desea
una economía competetitiva, donde los actores actúen con reglas de juego
claras, eficaces y dentro de un marco legal, se debería exigir a rajatabla el
respeto de los derechos de quienes son el principal motor del consumo: los
propios consumidores.
No
es cierto que la defensa del consumidor sea una rémora para la actividad
económica. Todo lo contrario: el respeto de los derechos de los consumidores
actúa como acicate de una economía más competitiva y más eficaz.
Pero,
además, el desinterés político de defender a los consumidores es
contraproducente para los propios políticos: si hay algún ámbito en el que
todos los votantes estamos de acuerdo es en la defensa del consumidor. Es, además, un potencial caladero de votos que puede impulsar una carrera política. Eso ya
lo había entendido Kennedy quien el 15 de marzo de 1962 ante el Congreso de los
Estados Unidos proclamó la celebre frase en la que universalizó el concepto de
consumidor: “consumidores somos todos”, dijo.
Kennedy también
recordó a los congresistas americanos en los lejanos años 60 lo que es un asunto de rabiosa actualidad en España: "El Estado
tiene la especial obligación de estar alerta en lo que se refierealas necesidadesde losconsumidores ydehacer progresar sus intereses”.
Esperamos
que nuestro nuevo Presidente de Gobierno, Pedro Sánchez, haga honor a su
palabra y fortalezca los organismos reguladores y de defensa de la competencia
en beneficio de consumidores y usuarios, tal y se comprometió y recogen estas
dos noticias sobre su programa político publicadas en La Vanguardia y en
eldiario.es.